Comentario de la Semana [29 de junio – 03 de julio]

«Dios ama lo sencillo«

Decía Jesús: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, les aseguro.» El Señor envió a sus discípulos a predicar el Evangelio, pero no los envió solos, los acompañaba el Espíritu Santo; no los envió desprotegidos, ofreció recompensar a quien los acoja, premiando inclusive el más insignificante gesto de bondad para con ellos. Dios, es un Dios agradecido.

“La gratitud, es la memoria del corazón”, decía una santa. En efecto, Cristo elogió ante la multitud al leproso que volvió para agradecer después de haber sido curado. Los otros nueve no volvieron, lo olvidaron; revelando así, la sombra de la ingratitud que cubre y, a veces, ahoga el corazón humano. Sin embargo, existe la incapacidad de gratitud en aquellos que olvidan la ayuda recibida, y creen que se lo merecían; aquellos que se atribuyen por completo a sí mismos los beneficios que obtienen y omiten reconocer lo que aportaron los demás para lograrlo.

Decía San Juan Pablo II: “Recuerden el pasado con gratitud, vivan el presente con entusiasmo y miren hacia el futuro con confianza”. Mirar hacia atrás solo con nostalgia, entristece; mirarlo con gratitud reconforta. Transcurrir el presente entre quejas y críticas, debilita; verlo con entusiasmo, enciende la acción. Temer por la incertidumbre del futuro, paraliza; soñarlo con confianza, abre a la esperanza.

«La gratitud no solo es la más grande de las virtudes, sino que engendra a todas las demás», escribía Cicerón. Y dos milenios después J. Kennedy completaba esta idea diciendo: “Siempre hay que encontrar el tiempo para agradecer a las personas que hacen una diferencia en nuestras vidas”. Por eso, seamos gentiles, leales y siempre agradecidos a Dios y a tu prójimo.

El Evangelio nos recuerda que Dios se revela a la gente sencilla: a los niños, a los pequeños, a los humildes; solo ellos pueden ver la presencia de Dios, donde los sabios -guiados por su sola inteligencia- no lo pueden descubrir.

La sencillez es la celebración de lo pequeño, es la capacidad de vivir las cosas ordinarias con un perfume de extraordinario, es emprender “un viaje por la vida solo con el equipaje necesario[1] No es pasividad ni ignorancia, es la belleza de la naturalidad.

El hombre sencillo valora a los poderosos como valora a los humildes. “La sencillez nos hace respetuosos de los demás”, decía Papa Francisco. Es capaz de aplaudir los triunfos de los otros y de compartir de corazón sus tristezas. Sabe “encarar los problemas con coraje, las decepciones con alegría y los logros con humildad”.[2]

San Agustín, decía: “el orgullo transformó los ángeles en demonios; la humildad convierte los hombres en ángeles”. Por eso, mejor que una vida de opulencia es una vida con paz y mansedumbre, compartida con aquellos que “saben hacer de pequeños instantes, grandes momentos”.

Jesús, que es manso y humilde de corazón, invita a los sencillos a reposar en la serenidad de su amor y nos invita a nosotros a encontrar en El: calma para nuestra ansiedad, compañía para nuestra soledad, esperanza para nuestra desilusión; como canta el salmista: “Prueben y vean que bueno es el Señor, dichosos los que en El se refugian” (Sl 34,8)

R. P. Guillermo Inca Pereda
Secretario Adjunto de la Conferencia Episcopal Peruana


[1] Charles Dudley Warner
[2] Thomas S. Monson.